Nihil novum sub sole o Déjà vu

miércoles, mayo 07, 2008

El arte invidente

Es curioso, anoche me dormí pensando en la escultura, en el arte de la escultura. Contrario a lo que uno ve en las exposiciones, no la "vi" con los ojos, sino con el tacto.

Me sentía el escultor, mis manos acariciaban, esa es la palabra, no puedo decir que modelaban, las formas. Eran unas formas abstractas: planicies redondeadas en un punto, en una arista, un ángulo, casi como un huesito de la cadera, y se alarga lánguidamente suave, torneado, y aquí ya tengo tu muslo, duro, firme y terso; tenso como la cuerda de un arco que se dispone a disparar. Ahora eres la pierna de una atleta y estás en mi mano, brotas de mi palma y escurres entre mis dedos.

Asciende la prolongada curvatura y converge en el vértice del pubis. La textura del vello es deliciosa y mi mano la abarca de arriba abajo, de oriente a poniente y tengo tus pelos en mi mano. Dilato la sensación y mis dedos crean una abertura de Norte a Sur, de Sur a Norte, en un Ábrete Sésamo pronunciado por las yemas de mis dedos siento la gruta abierta a mi invocación. Ésta es la llave, ésta es la entrada cuyos pliegues acarician mis dedos, inundados ya de mi afán por recorrer la lúbrica piel, los labios que me besan, que se adhieren lamiendo mis dedos, mojándolos. Y sigo siempre oradando con dos dedos, profanando y moldeando tu intimidad, tu amorosa gruta hacia ti misma, hacia mi encuentro con nosotros. Y otra oleada de humedad me ensaliva los dedos para animarme a continuar con tres dedos la inmersión en tu oquedad tan deseada por mi mano y tu gemido. Soy tu tacto que al tocarte se toca, que al modelarte se modela y que al amarte se acaricia. Soy tus manos que acarician una y otra vez, que abarcan toda tu extensión y toda tu abertura. Hoy soy dedos para ti.

viernes, abril 25, 2008

Siempre aquí

Animales ceremoniosos como somos, me uno a ese mar de recuerdos de todos a los que Octavio Paz nos dio un destello.

Debo a Julio Cortázar haberme descubierto a Paz. Un capítulo de su novela Rayuela está compuesto por este poema. Me dije que alguien que intuía eso que luego supe que le llamaban "otredad" (la esencial heterogeneidad del ser, en palabras de Antonio Machado), había que leerlo. Y no he dejado de hacerlo desde entonces. Este es el poema:

AQUÍ

Mis pasos en esta calle
Resuenan
En otra calle
Donde
Oigo mis pasos
Pasar en esta calle
Donde
Solo es real la niebla

Octavio Paz

jueves, marzo 27, 2008

Tus pies

Tengo ahora un dedito de tu pie en mi boca y me deleito tanto. No hay nada hoy en el mundo ni en el espacio ni en el tiempo que importe: sólo los deditos de tu pie en mi boca. Ésta es la escalera al cielo, los deditos del más pequeño al más grande y recorro escalonadamente con mi lengua ese espacio. ¿Y por qué abres los deditos? Es el espacio natural de mi lengua. Y el movimiento de tus dedos dentro de mi boca, como peces chapuceando en mi lengua. ¿Qué más puedo pedir? Tengo tus deditos en mi boca. Y mis manos acarician tu planta, su arcoíris, y el suave talón.

jueves, febrero 14, 2008

Para un día como hoy

Mi amiga Elia me envió estos poemas de Eduardo Lizalde, muy buenos para un día como hoy que todo mundo se masturba mentalmente con el amor.


EL SEXO EN SIETE LECCIONES

1. Gozo y tortura
que el Tártaro y el Cielo
-uña de carne- desempeñan.

Al sexo y su desorden milagroso,
a su perfecto matrimonio,
de beso y abrelatas, sucumbimos.

A la gloria del sexo,
a su desenfrenado latrocinio,
su avaricia impecable,
alto, cedemos.

* * *

2. Y por estar a flote,
por ser la superficie de la espuma en la piel,
por ser lo más visible y general,
por ser el más común lugar del paraíso visitado,
el sexo, lo evidente,
lo que a todos iguala,
lo esencial -sabia era Eva,
ingenuo Segismundo-,
por ser el sexo algo tan real,
lo único real acaso,
sólo se existe y vive a su merced.

No es reducible el sexo a números ni a ciencia,
no es cosa comprensible,
no es natural ni humano
y la divinidad lo desconoce.

Lo real no está sujeto a inquisición.

* * *

3. El tiempo escaso por costumbre
y, por la costumbre, frágil,
no basta para el amor
y es demasiado para el sexo.

Pero si en sexo se midiera el tiempo
si el sexo -el gozo, mejor dicho- fuera
una unidad de tiempo,
sería la más pequeña
que el reloj pudiera imaginar,
la apenas registrable,
el átomo del tiempo.

* * *

4. Ni el denodado goce de los cuerpos,
ni el carnívoro roce de las bocas,
ni las fieras sensuales de los dedos,
ni las mejillas ardorosas,
ni el sudor refrescante de los pechos
-su rima encantadora-,
ni el tacto delicioso de los muslos,
ni la plata del pubis,
ni las caudas azules y viriles,
son suficientes para el sexo.

La plena saciedad misma, no basta.
Lacios los cuerpos tras el goce, exhaustos,
bebidos uno a otro hasta las plantas,
sueñan, despiertos, con el sexo.
Sólo han probado, sólo empiezan a hervir.
La saciedad más absoluta
es siempre, apenas, el principio.

* * *

5. El cuerpo es siempre virgen para el sexo.
El cuerpo siempre, Paul, recomenzando.
Y el cuerpo eterno, el fiero eterno cuerpo
muere antes que el sexo.

* * *

6. Y nada de que el sexo
sólo con amor es sexo.
El sexo es siempre amor,
nunca el amor es sexo.
El amor no es amor,
el sexo es el amor.
No hay sexo sin amor
pero hay amor sin sexo, y no lo es.
Todo amor sin sexo es corruptible.
Sólo una advertencia:
es ya desgracia conocida
que el sexo y el amor no sean posibles
sino con personas,
con almas y con cuerpos de cuatro dimensiones,
con seres existentes,
y nunca con fantasmas o sombras pasajeras,
mucho menos con plantas o gallinas.

7 (y última). El sexo es una cosa
que se embellece cuando se la mira.
Y la prostitución es su magnífico revés,
su negación perfecta,
su ausencia depresiva.
El sexo es este Dios moldeado
por su más portentosa y vil creatura.


AMOR

La regla es ésta:
dar lo absolutamente imprescindible,
obtener lo más,
nunca bajar la guardia,
meter el jab a tiempo,
no ceder,
y no pelear en corto,
no entregarse en ninguna circunstancia
ni cambiar golpes con la ceja herida;
jamás decir "te amo", en serio,
al contrincante.
Es el mejor camino
para ser eternamente desgraciado
y triunfador
sin riesgos aparentes.

martes, febrero 05, 2008

¿Qué año es?

¿Qué año es? No importa, esta navidad será como las otras. Mis papás volverán a aprovechar –¿por qué esta fecha?– para discutir: uno querrá ir con su mamá y la otra con sus papás. ¿Y nosotros, hijos de la inmadurez, con melón o con sandía? Apúrate, noche, y transcurre con prisa, que galope tu andar para mi familia. Que las lágrimas de mamá (pobre mamá, la recuerdo siempre como esas vírgenes mártires, viviendo por el sufrimiento y creyendo que con él redimirán los pecados del mundo), que las lágrimas de mi madre, digo, no inunden nuevamente esta navidad y la ahoguen, como ya tantos cadáveres que sepultamos por estas fechas. Que los gritos de papá no rompan los espejos de la casa (tal vez por eso la navidad en esa casa tiene tan mala suerte). Y toda esa sensación de nudo en las tripas que siento y creo que también mis hermanos.
En cuanto tuve edad y dinero pude huir (“irme, Dios mío, irme”, como suplicaba Neruda) en la navidad para pasarla lejos (“lejos, lejos, como un ciego me han llevado” [Eugenio Montale]), primero con una novia: Dios los hace y la neurosis los junta, sólo quería irse a Nicaragua con sus “compas” a hacer la revolución y entonces huí de esa mujer también en navidad.
Pero a la siguiente, la navidad me deparaba una dicha que pensé que no era para mí: mi mujer, la que es ahora mi mujer (desde hace 21 años nos pertenecemos) celebramos juntos, ella y yo, yo y ella la primera navidad hermosa que recuerdo: ella y yo en un viaje recorriendo parte de México. Había pensado que la felicidad no era para mí. Y a partir de esa navidad, la del 85, la hallé: no estaba lejos, estaba lejos de mi familia, pero en mí estaba: yo era capaz de dar amor y felicidad a la mujer que amo.
Ahora, la Navidad la pasamos mi mujer, nuestros tres hijos y yo, nuestra familia, y siempre lejos, en otro país, o entra ciudad, pero lejos de sus padres y de los míos. Regocijándonos con la cara de sorpresa de nuestros pequeños que descubren sus juguetes y yo mismo descubriéndome feliz en Navidad.

miércoles, enero 16, 2008

Il mare nostrum

Cada que termino de leer una novela, sobre todo alguna histórica o que retoma hechos, no dejo de pensar que gastamos tanta tinta, papel, espacio virtual, palabras escritas u orales, metáforas, imágenes, descripciones, aliteraciones y todo lo que podemos sólo para explicarnos qué es esta vida en la que vivimos.

Es como si camináramos a tientas con los ojos vendados o peor aún sin ojos, con las cuencas vacías, sin olfato, sólo palpando y haciéndonos una imagen mental de lo que tocamos. ¿Qué carajos es la vida? ¿cómo se vive?

Supongo que el arte es sólo una lectura entre líneas o entre formas o entre colores o entre movimientos o entre imágenes, acaso como esa caverna que refleja sombras, como dice Platón, ese escritor inventor de ese personaje llamado Sócrates.

martes, enero 08, 2008

Lectores aburridos y lectores calmados

Comparto este pasaje de Roberto Bolaño en su novela Los detectives salvajes (gran novela a mi entender):

Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuandos estás desesperado. (...) Tomemos, por ejemplo, un lector medio, un tipo tranquilo, culto, de vida más o menos sana, maduro. Un hombre que compra libros y revistas de literatura. Bien, ahí está. Ese hombre puede leer aquello que se escribe para cuando estás sereno, para cuando estás calmado, pero también puede leer cualquier otra clase de literatura, con ojo crítico, sin complicidades absurdas o lamentables, con desapasionamiento. (...) Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Que es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ¿Por qué limitado? Elemental, porque no puede leer más que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un engendro incapaz de leerse de un tirón En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaña mágica (en mi modesta opinión un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa), o, si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz. Creo que he hablado claro, ¿no? Bien. he hablado claro. (...) Otrosí: los lectores desesperados son como las minas de oro de California. ¡Más temprano que tarde se acaban! ¿Por qué? ¡Resulta evidente! No se puede vivir desesperado toda un vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos. El lector desesperado (más aún el lector de poesía desesperado, ése es insoportable, créanme) acaba por desentenderse de los libros, acaba ineluctablemente convirtiéndose en desesperado a secas. ¡O se cura! Y entonces, como parte de un proceso de regeneración, vuelve lentamente, como entre algodones, como bajo una lluvia de píldoras tranquilizantes fundidas, vuelve, digo, a una literatura escrita para lectores serenos, reposados, con la mente bien centrada. A eso se le llama (y si nadie le llama así, yo le llamo así) el paso de la adolescencia a la edad adulta. Y con esto no quiero decir que cuando uno se ha convertido en un lector tranquilo ya no lea libros escritos para desesperados. ¡Claro que los lee! Sobre todo si son buenos o pasables o un amigo se los ha recomendado. Pero en el fondo ¡lo aburren! En el fondo esa literatura amargada, llena de armas blancas y de Mesías ahorcados, no consigue penetrarlo hasta el corazón como sí consigue una página serena, una página meditada, una página ¡técnicamente perfecta!